No hay nada que un día de surf no cure
Todavía recuerdo mi primera experiencia de surf, a los 13 años. La sensación de ser llevado por la ola, como si estuviera levitando, fue algo mágico. Esos pocos segundos de pie en la tabla, deslizándome sobre el agua, son terapéuticos. Nada más existe. Es una sensación de libertad y atención plena, una experiencia paradójica: enfoque en el equilibrio y en la adaptación a la turbulencia de la ola, pero distanciamiento de la turbulencia de las aguas agitadas de la vida, que permanece conmigo hasta hoy.
Especialmente al amanecer, siento que esa libertad se renueva con cada brazada. El surf no es solo un deporte, es un estilo de vida que transforma cuerpo y mente. Estar en el mar permite olvidar, por unas horas, el ritmo acelerado del día a día, sumergiéndose en una sensación de paz y conexión con la naturaleza. Cada ola es una invitación a apreciar los acantilados verdes, el azul cristalino del océano y la grandeza del mundo que nos rodea. A veces, la mejor forma de curarnos es simplemente estar presentes.
Me encuentro pensando en lo perfecto que es el mundo, lejos de los claxon, los coches, los edificios… Cuando veo la ola romper formando un tubo perfecto, con una estela de salitre peinada por el viento y la luz del sol atravesándola, me doy cuenta de que todo es demasiado perfecto para ser casualidad. No quiero ir demasiado lejos diciendo que el surf es mi religión… pero, sin duda, me conecta con lo trascendente y enriquece mi espiritualidad.
El surf es también un entrenamiento completo. Con cada brazada, cada take off y cada caída, el cuerpo se fortalece, gana velocidad de reacción, equilibrio, fuerza y resistencia, mientras la energía fluye de forma natural y divertida. Después de unas horas en el mar, me siento exhausto, pero siempre hay energía para más olas; lástima que las responsabilidades de la vida o el final de la luz del día me lleven siempre de vuelta a tierra. Al final de cada sesión, me siento vivo y sorprendentemente renovado, con una sensación de relajación y felicidad inexplicables… nada me puede irritar después de una buena surfeada, como si toda la tensión del día se la hubieran llevado las olas.
Y hay algo aún más profundo: la sensación de superación. Cada ola surfeada aumenta la autoconfianza y, al mismo tiempo, nos recuerda nuestra pequeñez ante la inmensidad y la fuerza del mar. Aquí es donde nace un equilibrio perfecto entre autoconfianza y humildad. Por un lado, sentimos que somos capaces de todo tras pasar la rompiente en un día de olas fuertes, de bajar olas gigantes o de atravesar un tubo intenso. Por otro, el mar nos enseña humildad de forma inmediata cuando la corriente nos arrastra sin esfuerzo o cuando caemos y somos revolcados por la fuerza de la ola, recordándonos nuestra fragilidad ante algo mucho más grande que nosotros. Y de ahí surge también un paralelo con la vida, porque tras enfrentar estas condiciones en el mar, nos damos cuenta de que pocos desafíos fuera de él nos pueden detener realmente, llevándonos con nosotros una confianza más profunda, pero también la conciencia de que la verdadera fuerza incluye saber caer, resistir y volver a levantarse.
El surf es también una experiencia social muy rica. La comunidad que se forma alrededor de las olas es acogedora, divertida e inspiradora. Compartir experiencias con otros surfistas crea vínculos rápidos, llenos de historias, risas y ese sentimiento de pertenencia que hace que cada día sea aún más especial.
En las Azores, cada sesión de surf es mucho más que un deporte: es un momento de curación, una aventura y una oportunidad de reconectarnos con lo que realmente importa, con el cuerpo, la mente y el mundo que nos rodea.
Al final, no hay nada que un día de surf no cure. ¿Has oído hablar de la surf therapy? ¡Ven a vivirlo con nosotros e inscríbete ya en nuestras clases de surf!